Carlos Fernández

“NOS QUEDA ESTE DOLOR QUE NO SE VA A TERMINAR NUNCA Y LOS COMPAÑEROS SE NOS VAN…”

AUDIENCIA N° 16, 2 DE MARZO DE 2021. JUICIO “POZO” DE BANFIELD, “POZO” DE QUILMES Y “EL INFIERNO” DE AVELLANEDA.

El compromiso con la búsqueda de justicia en los testimonios de Ubiedo, Biscarte y Fernández.

9.36 marca la hora de inicio de esta jornada que preside el  juez Ricardo Basílico. Están previstos los testimonios de Orlando Edmundo Ubiedo, Lidia Ester Biscarte y Gustavo Javier Fernández. Se da lectura a los nombres de quienes están conectados como miembros del tribunal, querellas, defensas oficiales y particulares, programas de asistencia a testigos, miembros de la Fiscalía. Enrique Barre es el único presente de los imputados en la causa.

“Esa es la historia de mi hermano. Es eso, Señor Juez”

Orlando Edmundo Ubiedo relata la persecución contra su hermano, Valerio Salvador, trabajador de Molinos San Sebastián en el partido de Escobar y delegado interno del establecimiento, de la Unión Obrera Molinera en Zárate. 

Su primer secuestro fue en la primera semana de marzo de 1976 a cargo de Luis A. Patti (comisaría Escobar) y fuerzas del Ejército. Torturado en una casona camino a Cardales, es liberado al día siguiente, aunque su domicilio permaneció vigilado durante toda la semana posterior al golpe militar.

El 2 de abril es nuevamente secuestrado por el Ejército y pudo reconocer que su destino era el Pozo de Banfield. Compartió cautiverio y apremios con la Dra. Velazco, José Silvano García (delegado de la Granja San Sebastián), Daniel Lagarone y Blanca Buda, entre otros. La fractura de una costilla es un mínimo resultado de los golpes recibidos.

Fueron puestos a disposición de PEN y trasladados al Regimiento de Infantería Nº 6 de Mercedes. De allí a Sierra Chica por dos años y finalmente casi tres años a la Unidad 9 de La Plata. “En el invierno del 81, le dieron la libertad”, cerró Orlando en una breve síntesis de lo que su hermano Valerio le contara.  

Las preguntas de la Fiscalía y querellas, le permiten ampliar su testimonio: la muerte de Valerio en 2000 a causa de una bacteria infecciosa contraída en Sierra Chica por las extremas condiciones de encierro; el fallecimiento de su padre, (dirigente sindical de la construcción en Entre Ríos que se había trasladado con la familia a Escobar a trabajar en un horno de ladrillos) y que “no pudo aguantar la tristeza” al pensar que sus hijos habían desaparecido; el terror generado a su familia por el hostigamiento permanente de Luis Patti y las fuerzas del Ejército. Lo completa con su propio derrotero.

Orlando fue Secretario General del Sindicato de Rurales y de la Comisión Directiva de la CGT Zona Norte. Junto a Gastón Goncalves y Ana María Granados, son secuestrados en septiembre del 74 y todo en el sindicato es destruido. Aparecen a los días en una Delegación de la Policía Federal de San Martín. Al ser liberado, a raíz de una denuncia de un periodista contra Patti, pasa a vivir clandestinamente en distintas casas. “Era una persecución total”, señala. Finalmente, tuvo que irse de Escobar.

Ante el agradecimiento del juez por su testimonio, Orlando Ubiedo, de 81 años, miembro de una familia de dirigentes sindicales, reafirma su historia de vida: “Es mi deber denunciar todo lo que sucedió en la historia del país”.

Las mil y una formas del horror

Lidia Ester Biscarte inicia su testimonio recuperando que su apodo China le fue dado por su papá y nunca fue su nombre de guerra, como las fuerzas represivas sostenían.

Su relato hilvana las condiciones de secuestro, traslados, violaciones y torturas sufridas en diversos centros clandestinos de detención, junto a la evocación de los/las compañeros/as (algunos fallecidos recientemente), la exigencia de justicia urgente, la solidaridad de los vecinos de la villa donde vivía, desde una voz que conmueve. Una historia de la perversidad de quienes actuaron en los circuitos represivos de Zárate/ Campana.

El 27 de marzo de 1976 China, de 29 años y madre de cuatro hijos, es secuestrada en su casilla prefabricada en la localidad de Zárate. Trabajaba como personal de maestranza contratado en las oficinas de empresas que, como Techint Albano, Vialidad Nacional y Mecánica del Suelo participaban en la construcción del Puente Zárate Brazo Largo. Era delegada sindical en su espacio laboral. Su hijo Gabriel de 9 años, que queda atado cuando a ella la llevan y Pablo, menor de 1 año, son recogidos por sus vecinos.

El operativo estuvo a cargo de la Gendarmería, la Prefectura y la Comisaría de Zárate. En esta última, inicia su primer derrotero por el circuito conformado por la Prefectura, el Arsenal de Zárate, el buque ARA Murature[1], el regreso al Arsenal. De cada sitio de detención Lidia indica referencias concretas ya que, por ser oriunda del lugar, podía reconocer sonidos característicos, como el silbato del Ferry nuevo al pasar por el Arsenal. También identifica voces e imágenes de numerosos/as secuestrados/as de Zárate, Escobar y Campana. Entre ellos, el intendente de Zárate Bugatto y su hijo, Teresita Di Martino, los dos hermanos Barrientos, la Dra. Velasco y su esposo, que son como ella sometidos a torturas y violaciones.

“¿Sabe lo que significa el submarino señor presidente?” Lidia inquiere. “Es tremendo… Se va la vida… Nunca como en ese momento.” Con enorme valentía y fortaleza, al detallar los horrores vividos expresa el dolor desde donde lo hace. Una y otra vez lo invoca, para dejar claro que “esto no es una novela”. Lidia refuerza sus palabras: “Nos queda este dolor que no va a terminar nunca y los compañeros se van…”

La China Biscarte continúa la secuencia de sitios por donde el conjunto de compañeros y compañeras van siendo trasladados, cada uno como una instancia más de padecimientos atroces. Así van al Tiro Federal Argentino y la Comisaría de Campana, una casa camino a Tigre, la comisaría de Moreno, el Pozo de Banfield. Allí estuvo con los hermanos Barrientos, Marcelino López, Daniel Lagarone, Dra. Velasco y esposo, Teresita Di Martino, Eduardo Parra, Héctor Ferraro, Ernesto (padre e hijo intendente de Campana), Valerio Ubiedo, Carlos Souto, entre otros. Eran 20 ó 30  todos apilados en una celda grande, hedionda y cerrada. Allí las muchachas también sufrieron violaciones.

Del Pozo de Banfield pasan algunos al Hospital de Campo de Mayo, “todos lastimados”. A las dos semanas la llevan a la cárcel de Olmos y de allí a Devoto, donde recién su padre puede aliviarle la angustia de no saber qué había pasado con sus hijos. De allí, pasa a Coordinación Federal, donde después de un mes se presentan, le dan la mano y le dicen “que se habían equivocado”. En enero del 79 recupera su libertad.

Al regresar a su barrio, sin posibilidades de conseguir trabajo, con 30 kilos menos de peso, sólo la solidaridad de sus vecinos le permitió salir adelante como tejedora y sostener su familia. “Recibí mucho amor de la gente de mi barrio, de la villa. Agradezco haber vivido en una villa con su gente solidaria que me acercaba un plato de comida”, expresa Lidia.

Esta es la vigésima vez que declara Lidia China Biscarte, hoy de 74 años. Recuerda que luego de la última vez que lo hizo, el médico torturador y violador Di Nápoli fue absuelto. “Siento -dice- que venir a un tribunal no sirve de nada. Los genocidas están en su casa o están sueltos”. “Esperamos alcanzar la justicia, por favor, por favor”, suplica con enorme entereza. “Somos tres los que quedamos vivos”.

Historia de dos hermanos lujanenses.

Gustavo Javier Fernández inició su militancia política en el 72 en Luján haciendo trabajo barrial, formando parte de la Juventud Peronista junto a su hermano Carlos Alberto de 26 años, quien era ceramista. Estaba casado y tenía dos hijas. 

Carlos era un querido Profesor de Cerámica en la Escuela de Arte de Luján, de la que desaparecieron varios alumnos. Dada la tensión de la situación en los tiempos previos al golpe de Estado y ciertos secuestros que se producen a nombre de un Comando Bruno Genta, busca un lugar en la Ciudad de Buenos Aires donde consigue trabajo en una fábrica de cerámica y una casa prestada.

Gustavo decide mudarse con su hermano ya que un grupo armado los había ido a buscar a su domicilio y al de su abuela. Pero al día siguiente, la madrugada del 26/8/76 los secuestran preguntando insistentemente por Miguel Prince (el dueño de la casa). Son trasladados a una celda con bastante gente, en la Superintendencia de Coordinación Federal en Capital. Al día siguiente de tomarles los datos y firmar una declaración, aparece un Comando Bruno Genta que traslada a ambos en el baúl de un auto a la Comisaría 2da de Avellaneda, donde son largamente torturados.

La Escuela de Arte de Luján y los estudiantes, en particular de  Ricardo Palazo (desaparecido), eran el centro de los extensos interrogatorios en las torturas.  Pasan seis días sin comer y luego, sólo unos restos que les daban algún guardia. Carlos y Gustavo estuvieron en cautiverio junto a un grupo más grande entre los que estaba Ochoa de Cañuelas, Claudio, estudiante de quince años de La Plata y una chica de Gral. Rodríguez que estaba allí hacía tiempo.. Un tiempo después llegan Miguel Prince y cinco o seis uruguayos.

A mediados de septiembre los van tirando a uno sobre otro en una camioneta cerrada y el traslado es a la Brigada de Quilmes. Allí el grupo operativo no iba diariamente y recibieron algo más de comida. Gustavo describe la celda blindada con una mirilla, el pasillo, el hueco que los separaba de una celda enfrentada. Desde ella, Néstor Buzzo le enseña a hablar con las manos y logran comunicarse. En su celda estaba Edmundo Szapiro, del ERP cuya compañera también estaba detenida. Recuerda el edificio de tejas que se veía desde el ventanal, luego reconocido como el Hospital de Quilmes junto a la CONADEP.

Fines de septiembre fue el momento de un nuevo traslado de los hermanos a “una comisaría vieja”, junto a un trabajador de la Fábrica Tamet de Avellaneda. Al tercer día, a los golpes llevan a Gustavo en un auto en un recorrido por ruta. En un momento que se detienen a cenar en una quinta, él reconoce la posibilidad de escaparse. Así lo hace, atravesando con mucho esfuerzo  el campo y la ruta 5 en las afueras de Luján. La solidaridad de un amigo y su tío, lo llevaron a Baradero y luego a Chivilcoy donde estuvo clandestino con mucho temor de ser nuevamente secuestrado.

Gustavo no recibió más noticias de su hermano Carlos, quien “nunca supo que su esposa estaba embarazada. Tuvo su tercera hija, que nació en mayo de 1977”. 

Otra historia familiar atravesada por la represión durante la última dictadura cívico militar.

Se anuncia un cuarto intermedio hasta el próximo martes 9 de marzo a las 10.30, una hora más tarde de la acostumbrada.

Una audiencia virtual conmovida va apagando las cámaras. Se ha dado un nuevo paso en el Juicio de las Brigadas.

·       * Cobertura realizada por Adriana Redondo.


Cómo citar este texto: Diario del juicio. (02-03-2021). “NOS QUEDA ESTE DOLOR QUE NO SE VA A TERMINAR NUNCA Y LOS COMPAÑEROS SE VAN…”. Recuperado de https://diariodeljuicioar.wordpress.com/2021/03/11/nos-queda-este-dolor-que-no-va-a-terminar-nunca-y-los-companeros-se-van/