María Esther Alonso

CUANDO LAS PALABRAS NO ALCANZAN Y LA JUSTICIA TAMPOCO

AUDIENCIA N°18, 16 DE MARZO DE 2021. JUICIO “POZO” DE BANFIELD, “POZO” DE QUILMES Y “EL INFIERNO” DE AVELLANEDA.

La emotividad desbordó de las pantallas con las declaraciones de Eduardo Nachman, Alejandro Reinhold, María Esther Alonso y Alejandrina Barry. 

La decimoséptima jornada estuvo signada por las contingencias de la virtualidad, efectuándose múltiples pausas a razón de las fallas en la conectividad. Luego de varias decenas de minutos el primer testigo comenzó a declarar aunque con interrupciones.

Eduardo Nachman o “La Otra Oreja” como se autodenomina en la dimensión virtual, es oriundo de Mar del Plata y fue convocado para testificar por su padre, el director de teatro, Gregorio Nachman. Secuestrado el 19 de junio de 1976, no tenía militancia partidaria, pero Eduardo reconoce que era un “un militante de la cultura”. El rapto se produjo en la oficina que tenía con el abuelo y no volvieron a saber de él hasta el 2003 cuando un testigo lo identificó. 

Si bien la familia buscó incansablemente, al llegar a la Comisaría Cuarta de Mar del Plata, los recibieron con una sentencia que todavía retumba. “Ah, el actor. Ah, puto pero además judío y zurdo. ¿Para qué buscan?” recuerda Nachman hijo, con el dolor que le brota de la voz. 

“El médico de mi hermano le dijo: Claro, cómo no van a ser cardiopaticos si tienen roto el corazón”, concluyó haciendo alusión a la afección que atraviesa a su familia relacionándolo con la desaparición de su padre.

El relato es brevísimo y rápidamente la declaración con sus consecuentes preguntas finalizan para darle paso al testigo Alejandro Reinhold.

La conectividad está revolucionada y nuevamente se vuelve a demorar el comienzo del segundo testimoniante, quién mantendrá la falta de audición durante todo el tiempo que permanezca en “el recinto”. 

Reinhold fue “chupado” el 24 de marzo del 76’ en su casa de la ciudad de Luján. Es trasladado hasta un lugar incierto donde lo interrogan a él y a dos compañeros de la Universidad donde trabajaba y luego son llevados a una dependencia de la policía de la provincia. Allí son retenidos por lo que reconoce como “bastante tiempo”, en el cual pueden tomar contacto con otros detenidos, que más tarde serán transferidos con ellos al Pozo de Banfield.

“Todos los días nos traían comida de cuartel, en cantidad” dice Alejandro mientras intenta hilar sus recuerdos sobre los primeros días en Banfield. Sin embargo, la modalidad cambia cuando llega un “contingente de gente muy joven”. Sobre los compañeros recién ingresados, desconoce quiénes eran dado que nunca los pudieron ver.

En el espacio donde fueron retenidos ingresaron pocas personas, de las cuales menciona a un médico que más adelante identificará como Jorge Antonio Bergés, con vaga precisión.

Alejandro es liberado junto a los dos compañeros con los que había sido ingresado. “Cuando subíamos uno de ellos nos dice: bueno espero verlos en otras circunstancias porque yo soy de la causa” comenta con ironía sobre el traslado interminable a esa libertad tan circunscripta. El viaje hace una pausa en el Regimiento de Mercedes y una hora después continúa en otro auto hasta las afueras de Luján, donde los tres ya pueden retornar a sus hogares.

La fiscalía del Dr. Nogueira solicita a continuación un reconocimiento por fotografías de personas mencionadas y la Dra. Santos Morón pide la incorporación de los testimonios de los compañeros de cautiverio. Luego de los requerimientos, María Esther Alonso está lista para empezar.

Tiene el pelo blanco y una personalidad dulce y jovial. María Esther fue secuestrada en Bernal en 1974, cuando retornaba a su domicilio acompañada por Víctor Manuel Taboada, quien residía en el mismo lugar junto a varias personas más.

Su testimonio es crudo y emocionante al punto tal que las palabras no le hacen justicia.

Es trasladada a la Comisaria de Bernal dónde la interrogan acerca de su vínculo con Taboada pero niega toda relación precedente. Poco tiempo después es llevada a un galpón que reconoce como “Protobanco” donde encuentra a su compañero de vivienda Dalmiro Suárez y a Víctor. Allí siguen las inquisiciones con una brutalidad bestial. “Yo creí que me iban a matar” sintetiza.  

El Dr. Pedro Grifo responde consultando sobre la elevación a juicio por crímenes sexuales. María Esther asiente. 

Tiempo impreciso después la transfieren a Banfield, adonde llega en paupérrimas circunstancias y sin mucha noción de cómo fue el viaje. De su paso por la brigada recuerda ver a Nelfa Suárez, Alejandro Barry y Susana Mata, a quien recuerda con un cariño exorbitante y con quien también compartió cautiverio en el Penal de Olmos, una vez legalizadas como presas políticas. “La amorosidad de esa compañera, la ternura”, añade.

El 10 de marzo de 1975, pasados cinco meses de encierro, le dan la libertad. Posteriormente vivió en la clandestinidad hasta que logró salir del país, estando embarazada de su primer hijo.

“Todo fue maltrato desde el principio” resume al calvario.

María Esther agradece el espacio y cierra la declaración diciendo: “Que sean muy felices. Muchas gracias”. Se genera una sensación similar a la canalizable a través de una ovación al final de un recital, pero detrás de la pantalla encuentra cauce en el chat.. 

Por último, la diputada por el FIT, Alejandrina Barry declara por la familia de la que la dictadura la apartó. Su madre Susana Mata, su padre Alejandro Barry y sus tíos Enrique Barry y Susana Papic.

Le da inicio al testimonio homenajeando a Nilda Eloy y Adriana Calvo por la ayuda en la reconstrucción de su identidad y por su infatigable lucha, “sin ellas esto no hubiera sido posible” aduce. 

Susana Mata, era docente, secretaria general del sindicato en Almirante Brown y militante Montonera. Fue secuestrada en 1974 y estuvo cautiva en la brigada de Banfield y posteriormente en Olmos, adonde llegó en pésimas condiciones. Allí dio a luz a Alejandrina. “Mi mama estaba muy debilitada y por esta solidaridad enorme que había entre las compañeras, me daban de amamantar porque por momentos ella no podía hacerlo” dice la diputada en reconocimiento. En el 75’ sale en libertad.

Alejandro Barry, era militante montonero y estudiante de derecho. Fue secuestrado en un bar de Almirante Brown también en el 74’ y trasladado a Banfield y luego a la Unidad 9 de La Plata. 

En 1976 Enrique Barry y Susana Papic, militantes montoneros, fueron secuestrados y hasta ahora se desconoce el destino. Ese mismo año, exiliados en Uruguay, Susana Mata y Alejandro Barry fueron asesinados en el marco de operativo y los compañeros que estaban con ellos secuestrados, incluyendo a la propia Alejandrina. De ese suceso se haría una campaña mediática con la niña en la tapa asegurando que estaba sola. 

Hoy Alejandrina contraataca, “puedo dar testimonio porque nunca estuve sola”.

Su testimonio es un claro homenaje y reconocimiento a la militancia de su familia y a cada compañere que transitó el mismo camino. “La pelea de ellos está más vigente que nunca” termina. 

Las palabras no alcanzan y la justicia tampoco. 

Se produce un nuevo cuarto intermedio hasta el próximo martes que prevé las declaraciones de Nicolás Barrionuevo, Oscar Pellejero y Sixto García.

*Cobertura realizada por Azul Paez.

Cómo citar esta fuente: Diario del juicio. 16 de marzo de 2021. “CUANDO LAS PALABRAS NO ALCANZAN Y LA JUSTICIA TAMPOCO”. Recuperado de https://diariodeljuicioar.wordpress.com/2021/03/18/cuando-las-palabras-no-alcanzan-y-la-justicia-tampoco/