La “ausencia inexplicable” narrada por los hijos de Gustavo Lafleur

AUDIENCIA N°38, 31 DE AGOSTO DE 2021. JUICIO “POZO” DE BANFIELD, “POZO” DE QUILMES Y “EL INFIERNO” DE AVELLANEDA.

“Nuestro testimonio, el de las hijas y los hijos, está atravesado por la falta de una explicación, un cierre o una despedida con las personas amadas. Yo viví durante muchos años con la fantasía de que un día mi papá viniera a buscarme a la escuela y tenía miedo de no poder reconocerlo. Cuando tenía que completar un formulario o trámite, en ocupación del padre yo ponía ‘DESAPARECIDO’. Fue muy difícil nuestra vida”, dice Laura Lafleur, conmovida hasta las lágrimas, ante los magistrados del TOF 1 de La Plata al promediar la jornada 38 del megajuicio por los crímenes cometidos en los CCD pozos de Banfield y Quilmes, y El Infierno con sede en Avellaneda.

Laura tenía 2 años cuando, el 10 de noviembre de 1976, irrumpió en su casa -situada en la calle Merlo al 470, en Castelar- un comando del Ejército que redujo a la familia y obligó a la niña y a su hermano Lautaro a permanecer en la habitación que ambos compartían. Ella no recuerda nada de aquella jornada ni tampoco guarda vivencias propias con su padre, excepto por los relatos familiares que fue reuniendo y atesorando con los años.

Gustavo Lafleur sabía que las fuerzas armadas lo estaban buscando porque había compañeros suyos que ya habían sido secuestrados. Por eso se ocupaba de trasladar a su familia a otras viviendas por períodos regulares de tiempo, con el objeto de permanecer lo menos posible en la casa de la calle Merlo, en Castelar.

Pero aquella vez el azar le negó otra oportunidad de seguir con vida: fue secuestrado y trasladado al CCD Brigada de Investigaciones de San Justo. Más tarde sería llevado al CCD El Infierno, donde varias víctimas que pasaron por ese lugar y que pudieron sobrevivir serían claves para que la familia de Gustavo supiera, al menos, en qué lugares de cautiverio había estado.

“Por una persona que conocimos con mi madre durante un viaje a Europa, supimos que mi papá había intentado, durante un tiempo, dar datos falsos hasta que finalmente se dieron cuenta y lo asesinaron”, relata Laura, con relación a los interrogatorios para la obtención de información sobre compañeros de militancia.

Sobre este punto, cabe destacar que Gustavo Lafleur tuvo, en su corta vida de 32 años, un largo recorrido y participación en el movimiento peronista, comenzando con la Agrupación Juvenil de Estudiantes Secundarios (AJES) que fundó, junto a otros, a los 17 años de edad; fue también uno de los fundadores de la Juventud Peronista Revolucionaria (JPR) junto con Eduardo Salvide.

Ya en los años 60, junto a su amigo Gustavo Rearte integraría la Juventud Revolucionaria Peronista; también recibió instrucción militar en Cuba y de regreso a la Argentina fue uno de los fundadores del Grupo de los Sabinos (por Sabino Navarro), desde el que surgiría la organización Montoneros. A pedido de esta organización, desde 1975 y ante el giro antipopular del gobierno de Isabel Martínez, llevó adelante las Coordinadoras Obreras de Base en el Gran Buenos Aires, zona Oeste.

“A él le gustaba más la acción política, aunque el clima de época implicaba la lucha armada. Según pude reconstruir con los años, era una persona muy querida por sus compañeros y amigos”, aclara Laura, quien “a pesar de los defectos y problemas que tiene nuestro país, aún seguimos juzgando a los genocidas. Por eso espero que los responsables de tanta tortura y de infligir tanto sufrimiento tengan su justa condena”.

Lautaro Lafleur, hermano de Laura y el hijo mayor de Gustavo, tenía 6 años cuando ocurrió el operativo del Ejército en su casa: “Recuerdo que en todo momento permaneció, en la puerta de nuestra habitación, un hombre parado. Al rato se fueron, llevándose a mi padre. Nosotros, con mamá, permanecimos durante un tiempo más y finalmente ella salió de casa para pedirle el teléfono a unos vecinos. Llamó a sus padres, o sea, a mis abuelos maternos, y luego nos vinieron a buscar. Fue la última noche que vi a mi padre”.

Frente a los jueces del TOF 1, Lautaro explicó la intensa búsqueda que realizaron con su madre, con habeas corpus siempre con resultados negativos y testimonios de personas que decían haber visto a Gustavo en El Infierno. “Sus restos nunca fueron hallados, y nosotros dejamos muestras de sangre en el banco del Equipo Argentino de Antropología Forense. Hasta hoy seguimos esperando la verdad. Y en cuanto a lo personal, no sabría cómo dimensionar las consecuencias de esta pérdida, de esta ausencia. Es básicamente crecer sin la presencia de mi padre”.

Además de los hermanos Lafleur, durante la jornada del 31 de agosto declaró Patricia Eva Rinderknechet, de nacionalidad uruguaya y que en 1973 se mudó a Buenos Aires precisamente porque en su país comenzó a ser perseguida por la dictadura que se extendió en el tiempo hasta 1985.

Patricia contó que en Argentina comenzó a trabajar en Emaús, una institución católica, como ayudante de Liliana Corina Jolie, una trabajadora social de General Rodríguez. “Ella era muy activa, tenía mucha iniciativa. Propone llevar grupos de adolescentes a Santiago del Estero, donde la institución tenía un proyecto social en marcha, y en enero del 75 viajamos con Corina y dos grupos de jóvenes. Fuimos a una zona sur de Santiago, de extrema pobreza”, describió.

Viendo que no podría volver a Uruguay, Patricia se fue a vivir al departamento de Corina, quien a su vez compartía el alquiler con un amigo suyo, Rubén Calatayud. “El 24 de agosto de 1976 yo estaba volviendo al departamento y cuando entro, veo que estaba todo oscuro y enseguida se me tiran encima, me golpean y me tiran al piso. Cuando me levantó, ya tenía la cabeza tapada. Tenía un pánico terrible”, relató la testigo.

Ella, Corina y Rubén fueron secuestrados y trasladados a una “casa quinta”. A Patricia la ataron a una cama metálica, le quemaron el abdomen con un cigarrillo y la amenazaban constantemente mostrándole un revólver. Sus captores sabían que era uruguaya y le pedían información sobre sus compañeros, así como de integrantes de Montoneros.

“A eso de las 7 de la tarde de ese primer día en cautiverio nos sacan a Rubén y a mí, nos llevan a los autos, y salimos por calles de tierra en un trayecto de 10 o 15 minutos. En un momento, abren la puerta, me tiran al piso, y del otro auto lo tiran a Rubén. Alguien grita: ‘Quédense acá, no miren y luego se pueden ir’. Tiraron unos billetes, poca plata, y arrancaron. Por lo menos eran tres autos. Nos quedamos esperando un rato y cuando dejamos de oír ruidos, nos levantamos y empezamos a mirar la zona. Era un descampado. A lo lejos veíamos una especie de calle o ruta por donde pasaban autos y vimos una parada de micros”, continuó la testigo.

“Le preguntamos a un muchacho dónde estábamos y nos dijo que era la ruta 202 que conecta San Miguel con Moreno. Me tomé un colectivo a Moreno. Al otro día fui a ver a la familia de Corina, a sus padres. Aproximadamente a los 10 días la liberaron a ella en una zona de Dock Sud junto a su amigo Eduardo Cora y su mujer Gladys Rodríguez. Supimos que Corina había estado secuestrada en El Infierno. Años después, ella falleció de un cáncer”, concluyó Patricia Rinderknechet.

La próxima audiencia será el 7 de septiembre desde las 9:30 con las declaraciones testimoniales de María Cristina Jurado, Gerardo Manuel Carrizo y David Horacio Ilnik.

*Cobertura realizada por Sebastián Pellegrino

Cómo citar este texto: Diario del juicio. 31de agosto de 2021. La “ausencia inexplicable” narrada por los hijos de Gustavo Lafleur . Recuperado de https://diariodeljuicioar.wordpress.com/2021/09/09/la-ausencia-inexplicable-narrada-por-los-hijos-de-gustavo-lafleur/

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